Discursos en ceremonias académicas

Primera ceremonia anual de graduación 2014, 17/7/2014

Versión editada del discurso del rector de la Universidad ORT Uruguay, Dr. Jorge Grünberg, durante la ceremonia de graduación de la Universidad ORT Uruguay.

Autoridades y académicos de nuestra universidad, señores Amigos de ORT, queridos graduados y graduadas y sus familias, a todos les doy la más cordial bienvenida en este día inolvidable. Queridos padres y abuelos, ha sido una gran responsabilidad formar a sus hijos y nietos, esperamos haber cumplido.

Queridos graduados, hace algunos años ustedes tuvieron que elegir universidad. Es una elección trascendente, no todas las universidades son iguales. Las universidades encarnan valores que serán los que los distingan como profesionales y como ciudadanos. Ustedes conocen los valores de ORT: trabajo duro, cumplimiento de los compromisos, honestidad intelectual, innovación incesante, diversidad. Nos sentimos muy honrados y muy responsables de su elección de ORT y esperamos que como parte de la creciente comunidad de graduados nos ayuden a cultivar estos valores para ayudar a nuestro país a buscar su lugar en el mundo.

Hoy es un día de festejo, pero todo festejo implica una reflexión. Los invito a que recordemos por un momento a unos jóvenes que ya no tendrán la oportunidad de participar de un festejo como éste. Estoy pensando en Naftali Frenkel, Gilad Shaar, Eyal Yifrach y Muhammad Abu Khdeir. Ellos no eran judíos ni tampoco musulmanes, eran adolescentes llenos de planes. Seguramente ellos y sus padres planeaban estar algún día en una graduación como esta. Eso no va a poder ser. Ninguno de nosotros podía haber hecho nada por ellos, pero no tenemos que resignarnos. Podemos recordarlos, podemos indignarnos y podemos condenar con más firmeza a los que hacen de la muerte una forma de vida. Los más educados de cada sociedad tenemos el deber de promover el respeto por la vida y la intolerancia con los intolerantes. Si sumamos nuestras voces nos van a oír.

Hace más de 70 años que ORT enseña en nuestro país. Desde nuestros orígenes como escuela técnica en 1942, el mundo y nuestro país han cambiado mucho, pero nuestro espíritu y nuestra misión continúan incambiados. Somos una institución privada, pero con una misión pública que es expandir las oportunidades educativas de los uruguayos y ayudar a la modernización de nuestro país. Continuamos con nuestro esfuerzo permanente por vislumbrar el futuro, porque una universidad debe ser la imaginación de un país. Un país no puede vivir sin memoria, pero tampoco puede vivir sin imaginación.

Este año se cumplen 55 años del juicio de Adolfo Eichmann. Es un evento histórico sobre el cual nuestra universidad editará próximamente un libro como parte del esfuerzo editorial dirigido por nuestra Directora General. Como ustedes saben, Adolfo Eichmann fue un oficial nazi y responsable directo de organizar las deportaciones a los campos de exterminio. Lamentablemente la gran mayoría de los responsables nazis escaparon sin castigo, pero Eichmann fue atrapado y juzgado en 1960 en Israel por crímenes contra la humanidad. Este juicio fue un evento histórico, una lección para toda la humanidad porque nos ayudó a entender que el Holocausto fue un proyecto industrial que utilizó los mejores profesionales y las tecnologías más avanzadas. Nos ayudó a entender cuánto daño pueden hacer profesionales altamente educados cuando su conducta es amoral e inmoral. Como escribió el gran historiador inglés Ian Kershaw: “el camino a Auschwitz fue construido con odio pero pavimentado con indiferencia”.

La educación puede ser una fuente de reproducción del odio, pero también puede ser formadora de civismo. Este es uno de nuestros deberes como universidad y uno de sus compromisos morales como profesionales. Un gran ejemplo de lo que debe ser un educador lo encontré en la historia reciente de un académico palestino, el Dr. Mohammed Dajani, ex profesor de la Universidad Al Quds en Jerusalén. El profesor Dajani visitó hace unos meses Auschwitz con sus estudiantes como parte de sus cursos para que conocieran más sobre el Holocausto. Cuando volvió a su universidad, fue criticado y amenazado y se vio obligado a renunciar. Cuando renunció envió una carta que encontré muy ilustrativa de nuestros deberes como educadores. Dijo así: “mi deber como profesor es enseñar, hacer que mis alumnos exploren lo inexplorado, guiarlos fuera de las cuevas de los prejuicios y hacia los hechos y la realidad, romper los muros de silencio y las cercas de tabúes, nadar contra la corriente en busca de la verdad… A los que me critican y amenazan les contesto: no me voy a esconder, no me quedaré en silencio. No seré un testigo indiferente de injusticias”. Recuerden siempre que su conocimiento debe ser usado con responsabilidad, que sus objetivos deben ser coherentes con la ética y los derechos de los demás. Recuerden siempre que antes que profesionales son personas.

Ustedes son ahora parte de la pequeña minoría de uruguayos con educación universitaria y por lo tanto serán los que tendrán más oportunidades en la sociedad del conocimiento. Ese privilegio implica obligaciones. Miren a su alrededor, tomen en cuenta que la gran mayoría de los jóvenes de su generación nunca podrán acceder a este nivel educativo. Recuerden que la inteligencia es un don, pero que la generosidad es una actitud. Sean exigentes con ustedes mismos porque es un prerrequisito para poder exigir a los demás. Continúen siempre aprendiendo. Como dijo Jorge Luis Borges: “uno llega a ser grande por lo que lee no por lo que escribe”. El nuevo mundo del conocimiento en que les toca vivir, es una carrera continua entre educación y tecnología. En este nuevo mundo ustedes deben ver su título universitario como un punto de partida de su aprendizaje, no como un punto de llegada.

Piensen en grande, en la vida profesional, empresarial o en sus proyectos sociales o de servicio público. Fíjense objetivos que sean importantes para ustedes. Cada uno de ustedes tiene que elegir la dimensión de sus objetivos. Dialoguen siempre en busca de la verdad, no en busca de imponer sus puntos de vista. Como decía uno de mis profesores de Oxford: “las mentes son como los paracaídas, solo funcionan si están abiertos”. No acepten verdades reveladas que se imponen por disciplina partidaria o por obediencia debida. No se conformen con slogans y rituales. Exijan datos, resultados, argumentos coherentes, ejerciten siempre su espíritu crítico. La medida de nuestro éxito como universidad no será que puedan repetir lo que les dijimos ni aplicar lo que les enseñamos. Educar no es lograr que el alumno repita lo que los maestros ya sabemos, es que los alumnos sean capaces de aprender lo que los maestros ignoramos.

Tomen en cuenta que les espera un nuevo mundo. Es un mundo tecnificado, globalizado y acelerado, repleto de amenazas pero también de oportunidades. En este nuevo mundo no hay donde esconderse. Podemos producir para el mundo desde Uruguay, pero nuestro trabajo puede ser sustituido de un momento al otro por jóvenes ambiciosos e inteligentes, igual que ustedes de cualquier otro punto del planeta. Es un mundo de cambio acelerado donde el desconcierto es la norma y la certeza es la excepción. Por eso la capacidad y la agilidad para adaptarse a los cambios son las habilidades esenciales de supervivencia. No sobrevive el más fuerte, sobrevive el que sabe mejor adaptarse.

Me preocupa que a nuestro país le cuesta adaptarse a esta velocidad de cambio. Construir la Torre Ejecutiva o el Sodre llevó más tiempo que construir el Partenón. Llevó 10 años construir el Partenón (hace 2.500 años), la Torre Ejecutiva llevó 46 años y el Sodre 38 años. Me preocupa que vemos la modernidad con desconfianza. ¿Por qué un país como el nuestro que tiene tanto para ganar de un mundo sin distancias no abraza la modernidad como oportunidad en lugar de rechazarla como amenaza? Posiblemente porque esta modernidad pone límites al Estado, pone límites a los monopolios, pone límites a las corporaciones que lamentablemente se han vuelto el principio ordenador en nuestra sociedad, en la cual el “estado de bienestar” que nos prometieron, se convirtió en un mecanismo para asegurar el “bienestar del Estado”. Hoy ya no hace falta una licencia para emitir televisión o radio, no tenemos que pasar por aduanas o importadores para comprar discos, libros o películas, no dependemos de las bibliotecas locales para nuestras investigaciones.

La resistencia a la modernidad muestra una gran incomprensión de los cambios económicos y sociales que tenemos por delante y muestra una fe infundada en que nuestro país de alguna manera mágica se va a poder aislar de los cambios globales. Nuestro país no podrá aislarse de los cambios globales, lo que podemos es prepararnos para beneficiarnos de ellos y perjudicarnos lo menos posible. Uno de esos cambios que tenemos por delante, por ejemplo, es el surgimiento de una “economía de propiedad compartida” como alternativa y complemento de la “economía de propiedad privada” que ha sido históricamente la base del sistema capitalista. Hoy en día podemos compartir traslados en autos privados, utilizar habitaciones de casas privadas, en el futuro podremos compartir las conexiones de banda ancha que no usamos todo el tiempo, o compartir la energía que vamos a acumular en nuestras casas de fuentes renovables. ¿Vamos a intentar fútilmente rechazar toda esta nueva economía que está surgiendo para defender monopolios y corporaciones hasta que al final nos tengamos que dar por vencidos? ¿O vamos a ir a su encuentro y planificar para beneficiarnos de ella? Estas son las preguntas existenciales que debemos plantearnos los uruguayos entre nosotros y a todos los que nos piden que los votemos.

En el pasado las personas nos ganábamos nuestro lugar en el mundo en base a tener respuestas. El desafío era mostrar que nuestras respuestas eran mejores y más rápidas que las de los otros. Médicos, ingenieros, abogados, profesores cultivaban una imagen de conocimiento enciclopédico. El más admirado era el que parecía una enciclopedia que caminaba. Pero hoy en día se dan dos fenómenos que cambian como se define nuestro lugar en el mundo. Uno es que el conocimiento ya está disponible on-line desde el mundo entero las 24 horas. Ya no dependemos de enciclopedias humanas para saber la capital de Bielorrusia o la Ley de Ohm. El otro fenómeno es que el conocimiento cambia tan rápido que el valor de las respuestas se deprecia a una tasa muy acelerada. Es muy difícil que nos crean que tenemos la mejor respuesta para todo si las respuestas cambian cada pocos meses. Plantéense preguntas como: ¿Quién es el presidente de Egipto? ¿Cuáles son las fronteras de Irak? ¿A qué país pertenece Crimea? ¿El computador personal sigue siendo el equipo informático más vendido? ¿Estados Unidos va a seguir dependiendo de la energía extranjera? ¿Puede una computadora ganarle al campeón mundial de ajedrez? Ninguna de estas preguntas tiene la misma respuesta que hace algunas semanas o algunos meses.

En este nuevo mundo de cambio permanente el valor no está en disponer de respuestas sino en saber formular preguntas, en especial preguntas que nadie antes pensó plantear. El valor surge de saber formular preguntas a otras personas que motiven a la reflexión y al mismo tiempo de saber formular las consultas efectivamente a las bases de datos con sus otras formas de lenguaje y de cognición. Este es un verdadero cambio de paradigma dialéctico con consecuencias que todavía no entendemos bien. Cuando el valor está en las respuestas, las comunicaciones tienden a ser unilaterales y el principio ordenador es el principio de autoridad. Cuando el valor está en las preguntas, la experiencia, la edad y la jerarquía dejan paso a la intuición, a la sensibilidad, a la audacia. El ciudadano común puede ver más lejos que el ministro, el empleado recién ingresado puede intuir oportunidades para la empresa que los más experimentados no perciben, el alumno puede entender un fenómeno de maneras nuevas que sus profesores nunca imaginaron. Los avances no surgen de los más memoriosos sino del diálogo, el intercambio y el pensamiento colectivo.

En este nuevo mundo las preguntas creativas son las que invitan a otros a investigar en conjunto nuevas perspectivas sobre problemas complejos. Las sociedades que promuevan este pensamiento colaborativo serán las ganadoras. Las sociedades que sigan petrificadas en el centralismo de las decisiones, el culto de la autoridad formal y la primacía de las corporaciones sobre los individuos, estarán condenadas a perder sus talentos y por ende a la posibilidad de desarrollarse.

En este año los uruguayos parecemos más divididos que nunca. El que mira de afuera nos ve a los uruguayos divididos en grupos, subgrupos y grupúsculos, enfrentados entre sí y dentro de sí mismos. Parece que cada uruguayo tuviera una etiqueta: “derechista” o “ izquierdista”, “progresista” o “conservador”, “de Montevideo” o “del interior”, “joven” o “viejo”, “cajetilla” o “plancha”, “de Carrasco” o “de Casavalle”. Entre tantas divisiones y subdivisiones las ideas nuevas quedan asfixiadas por los prejuicios y la desconfianza. Pero en ORT vemos todos los días otro Uruguay. Vemos uruguayos que ven al Uruguay como una plataforma y no como un límite. Que perciben el mundo como una oportunidad y no como una amenaza. Vemos uruguayos que se asocian para perseguir en común sus sueños creativos sin preguntar a quién vota al otro o en qué barrio vive. Vemos uruguayos que valoran más las ideas que las ideologías, que buscan sus caminos hacia la modernidad en lugar de cultivar la fantasía de que si nos esforzamos mucho vamos a poder volver a 1950.

Estos nuevos uruguayos no viven obsesionados por el poder, pero tampoco quieren que el poder sea irrestricto sobre ellos. Ustedes son estos nuevos uruguayos. Ahora es su oportunidad de llevar este Uruguay moderno y emprendedor a la superficie. Nuestro camino a la modernidad como país no depende de quién gane las elecciones, depende que podamos unirnos en torno a un ideal de Uruguay educado e innovador.

Les espera una era muy distinta de nuestro país y del mundo. Hay menos certezas pero menos límites. Nunca hubo tantas oportunidades para personas cada vez más jóvenes de saltear jerarquías, de lanzar emprendimientos audaces y de proyectarse lejos de su punto de origen geográfico, social o cultural. Gracias a la conectividad global pueden conquistar el mundo desde Uruguay. Pueden llegar tan lejos como quieran sin abandonarnos. Uruguay los necesita. Triunfen desde Uruguay y hagan triunfar a su país. Sigan su camino, pero sepan que ORT siempre será su casa.

Muchas gracias.