Siempre tuve que explicar a qué me dedico con más de una frase. Me acostumbré a moverme en disciplinas nuevas, a llegar antes de que hubiera nombre para lo que hacía. Al principio me sentía incomprendida. Después entendí que reinventarse, cuando lo hacés varias veces, se convierte en una gimnasia que te cambia la mirada. Y cuando cambiás la mirada, empezás a ver quién queda afuera de los sistemas, qué decisiones se toman sin preguntar a nadie, qué estructuras se dan por sentadas. Te das cuenta de que reinventarse no es solo personal. Es político.
Hace un par de años Sabrina Bianchi (la locomotora de la Escuela de Postgrados en Comunicación y Diseño de la Universidad ORT Uruguay ) lanzó el Máster en Diseño Estratégico e Innovación. Por primera vez sentí que una disciplina me ponía nombre a mí, no al revés. Y que esa era mi última reinvención.
Diseño estratégico: ¿diseño de futuros?
Sí, pero no de cualquier futuro. De futuros deseables. Es la capacidad de entrar en un sistema, una organización, un producto o un proceso, y diseñar la transformación. No es decorar. Es intervenir. Implica metodología, pensamiento sistémico y tecnología: no como fin, sino como medio para transformar organizaciones, diseñar productos digitales y construir servicios que funcionen de verdad.
Y también es trabajar con datos. Porque dato mata relato, y en diseño estratégico no especulamos: validamos. Con indicadores, con investigación, con usuaries reales. Lo aprendí haciendo: acompañando startups, diseñando experiencias digitales, facilitando transformaciones en organizaciones que necesitaban moverse pero no sabían cómo.
Reinventarse es político. Diseñar futuros también.
Cada vez que me reinventé, no solo cambié de disciplina. Cambié de posición. Y tomar posición, en un mundo donde alguien siempre diseña el futuro, es un acto político.
La tecnología avanza mucho más rápido que los gobiernos. Y los datos lo confirman: mientras las plataformas digitales toman decisiones que afectan a millones de personas, las políticas públicas llegan tarde, mal o no llegan. Si nadie diseña ese espacio con intención y con método, poniendo a las personas en el centro, ese espacio lo diseña alguien igual, pero con otros intereses. Y cuando eso pasa, no es solo una cuestión de eficiencia. Es una cuestión de libertad. Diseñar futuros deseables empieza por ahí: por decidir quién tiene el poder de intervenir y con qué criterio.
Los indicadores de desigualdad de género nos están reventando en la cara. Los feminismos nos hemos tenido que sentar a estudiarlos para sostener el relato, porque sin datos no hay argumento que se sostenga. En ese cruce entre evidencia, narrativa y acción, el diseño estratégico tiene mucho para aportar. No como decoración del cambio, sino como motor. Porque un futuro deseable que no incluye a todas las personas, simplemente no es deseable.
Y en un mundo donde la inteligencia artificial gana terreno todos los días, los datos también nos dicen algo incómodo: los sistemas de IA replican los sesgos de quienes los diseñaron. Por eso no podemos olvidarnos de que es la inteligencia emocional, la capacidad de leer contextos, de entender a las personas, de hacer las preguntas correctas, lo que hace que el diseño sea realmente estratégico. Y lo que hace que el futuro que construimos valga la pena.
Una aclaración: usé inteligencia artificial para escribir este artículo. Claude, específicamente. Pero no le pedí un texto, me hizo preguntas. Me puso incómoda. Tuve que pensar de verdad. Jugó a ser mi editora, y el resultado es mucho más genuino de lo que hubiera sido de otra manera.
Reinventarse no es un acto inocente. Es elegir qué futuros queremos construir. Y eso es profundamente político.