Su argumento parte de una tensión clara: los espacios pueden facilitar nuevas dinámicas, pero cuando las prácticas profesionales, los estilos de liderazgo y las culturas organizacionales no cambian, la innovación no se consolida en el uso cotidiano.
Cuando un sistema educativo quiere mostrar que está cambiando, suele empezar por lo más visible. Espacios abiertos, paredes móviles, mobiliario flexible, más luz y más tecnología parecen anunciar de inmediato una nueva etapa.
Sin embargo, Cardellino advierte que los edificios cambian mucho más rápido que las instituciones, y que esa diferencia explica por qué muchas veces, después de la inauguración, el funcionamiento diario sigue respondiendo a lógicas ya conocidas.
Cuando el edificio cambia, pero la institución no
La columna describe una escena tan reconocible como reveladora: dentro de esos mismos edificios que prometían algo distinto, las paredes móviles permanecen cerradas, los espacios abiertos vuelven a organizarse como aulas convencionales y las prácticas siguen siendo, en esencia, las mismas. El problema, sostiene Cardellino, no es el edificio en sí, sino creer que innovar consiste en construir algo nuevo.
Ese planteo aparece ligado a los llamados “Ambientes de Aprendizaje Innovadores”, que en los últimos años se expandieron en distintos sistemas educativos a partir de una idea convincente: si el mundo necesita colaboración, autonomía y pensamiento crítico, entonces el aula tradicional cerrada parecería pertenecer a otra época.
La columna retoma esa aspiración, pero también marca su límite:
Un nuevo espacio no equivale, por sí mismo, a nueva pedagogía.
En ese punto, la reflexión se vuelve especialmente fértil para la arquitectura, porque desplaza la atención desde la forma física del edificio hacia su relación con la cultura institucional y la práctica profesional.
Las instituciones, escribe Cardellino, tienen hábitos, reglas no escritas y maneras de trabajar que difícilmente cambian solo porque cambia el entorno físico. Cuando la infraestructura se transforma, pero la cultura permanece igual; el espacio termina adaptándose a las prácticas existentes.
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Un problema que también atraviesa a las organizaciones
La autora subraya que este fenómeno no se limita a la educación. En el mundo empresarial, muchas organizaciones rediseñan sus oficinas con la intención de fomentar colaboración y creatividad, pero meses después los equipos siguen trabajando de manera aislada y los silos organizacionales permanecen intactos.
La observación amplía el alcance de la columna y muestra que el problema no está solamente en el tipo de edificio, sino en la distancia entre diseño, uso y cultura de trabajo. Por eso, una de las afirmaciones más fuertes del texto es también una de las más simples: cambiar el espacio puede facilitar nuevas dinámicas de trabajo, pero no puede imponerlas.
Las prácticas profesionales, los estilos de liderazgo y las culturas organizacionales, señala Cardellino, pesan mucho más que el diseño de un edificio cuando se trata de producir cambios reales y sostenidos.
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De este modo, la columna pone en primer plano una discusión que excede la materialidad del proyecto. No alcanza con diseñar espacios flexibles, luminosos o tecnológicamente actualizados si esos espacios no dialogan con la manera en que las personas aprenden, trabajan y toman decisiones.
En ese cruce entre arquitectura y uso, el proyecto deja de ser una respuesta exclusivamente técnica y pasa a formar parte de un proceso institucional más amplio.