La iniciativa, que comenzó como una línea de investigación académica, hoy avanza hacia su transferencia al mercado a través de una startup seleccionada por la aceleradora biotecnológica GridX.
Una necesidad poco atendida
La idea surgió a partir de una inquietud que Ortiz comenzó a identificar en mujeres de su entorno que transitaban la menopausia. Muchas compartían la misma sensación: la falta de opciones efectivas y accesibles para abordar los síntomas asociados a esta etapa de la vida.
Al investigar el tema, encontró evidencia científica sobre una molécula con potencial para mitigarlos. Sin embargo, existía una limitante importante: su elevado costo de producción. Fue entonces cuando comenzó a explorar alternativas para obtener compuestos similares a partir de la soja, una materia prima abundante en Uruguay y la región.
“Uruguay, Argentina y Brasil son grandes productores de soja. Parecía una oportunidad interesante para desarrollar una solución accesible a partir de recursos disponibles localmente”, explicó.

Biología sintética para transformar la soja en una solución para la salud femenina
Uno de los principales desafíos del proyecto era encontrar una forma eficiente de transformar la harina de soja en una molécula con potencial para aliviar los síntomas de la menopausia.
Para lograrlo, Ortiz decidió apoyarse en dos áreas emergentes de la biotecnología: la biología sintética y la ingeniería metabólica, disciplinas que permiten reprogramar microorganismos para que desarrollen nuevas funciones. “Me interesaba mucho aprender más sobre estas tecnologías de frontera”, señaló.
Con ese objetivo se contactó con investigadores del Centro Nacional de Biotecnología de España, referentes internacionales en estas áreas. La propuesta despertó interés inmediato y dio origen a una colaboración científica que continúa hasta la actualidad.
Como parte de ese trabajo conjunto, el Ingeniero en Biotecnología de la Universidad ORT Uruguay, Tomás Tejera y estudiante de Maestría en Biotecnología, realizó una pasantía de seis meses en España para aprender las técnicas necesarias y transferir ese conocimiento al laboratorio de ORT.
Posteriormente se incorporaron otros estudiantes de grado, Victoria Viroga, Agustina Canclini, Josefina Boado, y estudiantes de postgrado, entre ellos el Ingeniero y Magister en Biotecnología Guillermo Litvins, quien actualmente desarrolla el Doctorado en Ingeniería de la Universidad ORT Uruguay, vinculado a esta línea de investigación.
Gracias a estos avances, el equipo logró reprogramar bacterias para que produjeran una molécula que naturalmente no generan.
“Son bacterias que antes no hacían eso y nosotros les enseñamos como hacerlo. Además, las preparamos metabólicamente para que puedan soportar esa nueva actividad”.
Los resultados obtenidos permitieron producir la molécula en cantidades significativas y con costos considerablemente menores a los asociados a la síntesis química tradicional.

Una trayectoria dedicada a resolver problemas complejos
El proyecto también representa una evolución natural en la carrera científica de Ortiz. Durante gran parte de su formación trabajó en el área de descubrimiento de fármacos para enfermedades infecciosas desatendidas, patologías que afectan principalmente a poblaciones vulnerables.
Su trabajo consistía en identificar puntos débiles, los llamados "talones de Aquiles", de los microorganismos responsables de estas enfermedades y diseñar moléculas capaces de bloquearlos para eliminar al patógeno.
Esa experiencia le permitió especializarse en áreas como biología estructural, biocatálisis e ingeniería de proteínas, herramientas que hoy aplica al desarrollo de nuevas soluciones biotecnológicas.
“La idea siempre fue entender cómo funcionan los sistemas biológicos para poder diseñar soluciones concretas a problemas reales”.
Del laboratorio a la startup
A medida que los resultados comenzaron a consolidarse, el equipo identificó que la tecnología tenía potencial para convertirse en una empresa de base biotecnológica.
“Nos dimos cuenta de que esto no podía quedarse solamente en una publicación científica. Queríamos que llegara a las personas”, señaló Ortiz.
Con ese objetivo presentó la iniciativa a GridX, una de las aceleradoras de startups biotecnológicas más importantes de Latinoamérica, donde la startup creada por Ortiz, FLAVANT.BIO, fue seleccionada entre más de 500 propuestas.
Actualmente, además de seguir perfeccionando la tecnología, el equipo trabaja junto a especialistas de ATGen en los procesos de escalado necesarios para llevar la producción desde el laboratorio hacia una futura aplicación industrial.
Los avances obtenidos hasta el momento han permitido validar la viabilidad de la tecnología y continuar optimizando el proceso productivo para futuras etapas de desarrollo.

Ciencia con impacto social
Para Ortiz, el proyecto también busca visibilizar una problemática que históricamente ha recibido menos atención dentro de la investigación científica.
La iniciativa apunta a desarrollar una alternativa accesible para abordar síntomas asociados a la menopausia, una etapa que afecta a millones de mujeres y que, según señala la investigadora, ha contado con menos financiamiento y menor prioridad que otras áreas de la salud.
“La salud femenina suele recibir menos financiamiento, menos investigación y menos urgencia. También queremos mostrar que desde Uruguay podemos generar soluciones innovadoras para estos desafíos”.
Con resultados prometedores, una red de colaboración internacional y un equipo integrado por investigadores y estudiantes, la iniciativa continúa avanzando con un objetivo claro: transformar conocimiento científico en una herramienta que contribuya a mejorar la calidad de vida de las mujeres.